Publicado originalmente en el Blog de RTVE Vuelta y vuelta.
Estudiar chino es como aprenderse de memoria el directorio telefónico. No me sentía tan impotente desde que, de niña en el conservatorio, suspendía todos los dictados de música. Hace unas semanas, el diario El Mundo lanzó una promoción de DVDs para aprender chino. Quien se anime desde España –o cualquier otro lugar fuera de China– a aprender el “idioma del futuro” es un héroe. A pesar de que vivir aquí sin hablar mandarín es como estar sorda, muda, ciega y tonta de remate, las clases se me hacen tan duras que a menudo pienso en dejarlas.
Cuando, varios lustros atrás, tomaba clases de inglés en una academia, seguíamos un popular método con viñetas protagonizado por un tal Arthur. Al pobre Arthur todo le salía mal. Se le quemaban las lentejas, perdía autobuses, le dejaba su novia, pisaba pieles de plátano. Arthur era un personaje entrañable con el que era fácil simpatizar. A su lado, aprendías casi sin querer.
No se me ocurre, en fin, nada más diferente a la sensación actual; este aprendizaje viene a ser como meter un batallón de martillos neumáticos en la cabeza. Como las frases no se construyen con nada que se asemeje a nuestra lógica, o las aprendes de memoria o no serás capaz hacerte entender. Junto a esto, como sabréis, la dificultad que conllevan los cuatro tonos. Ya dije que suspendía todos los dictados de música en el conservatorio.
Abundan, no obstante, razones para no tirar la toalla. He observado, por ejemplo, que las traducciones del chino al inglés siempre ocupan una tercera o cuarta parte del contenido original. Cada vez que me traducen algo, tengo la sensación de que me pierdo tres cuartas partes. Las consecuencias a veces son graves, como contratar a una Ayi que cocina setas con ojos.
Otro motivo son las voces enlatadas, de pasmosa abundancia. En el autobús y el metro, desde luego, pero también en ascensores, supermercados, puestos de frutos secos o cajeros automáticos.
