Cosas con ojos y otras delicias en mi nevera


Publicado originalmente en el Blog de RTVE Vuelta y vuelta.


Lo primero que llama la atención es el azúcar. ¿Un bote de azúcar moreno en la nevera? Su presencia ahí se explica porque la Ayi –la mujer que cocina y hace la limpieza, de la que pronto daré más detalles– sigue la regla “producto desconocido, producto frío”. Por esta razón también es posible encontrar latas de mejillones y berberechos de procedencia española, un bote de olivas o una tableta de turrón. La próxima vez que extravíe las gafas miraré en el refrigerador. La leche, alimento vulgar y corriente, merece mención aparte porque en mi nevera siempre encontrarás paquetes de los lugares más distantes: Australia, California, Nueva Zelanda. En China, he concluido, no hay vacas.

Continuemos. Suele haber pescado, o como quiera llamarse ese saco de espinas. Aunque su tamaño es grande, mucho mayor que una trucha, uno entero no da para alimentar a mi hija, que come como un pajarito. Es de una consistencia tan delgada que se hunde cuando lo pinchas con el tenedor, y la escasa carne se confunde en una masa con el caldo, las espinas, la cabeza, las huevas y las vísceras con que lo cocina la Ayi.

Lo más intrigante que encontré hoy en mi nevera es un paquete de celofán transparente que alberga cosas blanquecinas. Habiendo semejante variedad, primero pensé que se trataba de algún tipo de seta. Pero luego, fijándome mejor, observé que estas cosas tenían ojos (uno solo, para ser exactos). Mi hija está convencida de que en China hay setas con ojos. Y yo, con tal de no darle más vueltas al asunto, me he sumado a su teoría. Tampoco deseo saber con exactitud qué es lo que contiene otro envoltorio con una foto de la cabeza de un pescado de dientes afilados. Dentro, algo de textura gelatinosa, como un moco blandiblup con los que juegan los niños.

Hay días en los que, ya digo, la incertidumbre me embarga. Y eso que todavía no he salido de casa.